Existencialismo lúdico, creatividad subversiva, romanticismo punk y simpleza significativa

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martes, 1 de enero de 2008

Fábula del Coyote y el yunque


El Coyote estaba tan acostumbrado
a que los yunques cayeran sobre él
que ya ni siquiera le molestaba tal suplicio,
total,
yunques más, yunques menos,
ya tenía la cabeza anestesiada
para el dolor,
y para los certeros golpes de la vida
y para los precisos golpes del presente.

Sin embargo,
algunas noches,
luego del yunkazo de rigor,
la poca masa encefálica que le quedaba
se activaba, horas más tarde,
con cada golpe del implacable hierro,
y esta a su vez,
activaba su cerebro,
y su cerebro comenzaba a funcionar
de forma espontánea
y una que otra que otra reflexión
se dejaba entrever
por su anatomía intelectual
de caricatura inmolada ,
y se dio cuenta de que debía mantener oculto
este detalle,
que se había escapado
de las manos y del conocimiento de lo dioses.

Debía hacer la parodia de sí mismo
y transformarse en el objeto de culto,
que alimentaba la frívola entretención
de los comensales del espectáculo,
del macabro espectáculo,
que provocaba el peso del yunque
aplastando el cráneo del mortificado mamífero.

Cada mañana debía hacerle creer al Correcaminos
que seguía siendo su objetivo más preciado en la vida,
sin que esta escurridiza ave
sospechara siquiera,
que en realidad lo único que le interesaba,
era que un yunque volviese
a activar su capacidad de razonar.

Y cada noche el Coyote
agradecía los golpes,
agradecía el castigo, los cohetazos,
las bombas que explotaban en su cara,
las injustas caídas desde siniestras alturas,
agradecía al tren que, haciendo trampa, salía de la nada,
para arrollarlo intempestivamente,
agradecía a la derrota, a la constante burla de su enemigo,
agradecía los escupos en la cara, las patadas a destiempo, los codazos,
los comentarios desleales, los puñetazos en el corazón,
agradecía la tortura, porque desde ella,
porque gracias a ella,
había descubierto que por las noches,
a escondidas de los abúlicos inmortales,
se hacía más humano,
y ya no sólo era capaz de hilar
un par de pensamientos elementales,
sino que se emocionaba,
se reía, se asombraba,
y cuestionaba el guión
escrito por el caricaturista todopoderoso,
porque en algún punto de su historia
ya no le parecía justo,
ni mucho menos gracioso,
el constante castigo
al que era sometido
y comenzó a fraguar un plan siniestro,
y comenzó a bosquejar su venganza.

Fue entonces que aprendió a dibujar
y a lo primero que le dio forma
fue a algo muy semejante a un teléfono
y se puso en contacto con una larga lista
de fregados por la vida
de fregados por las circunstancias
de fregados por la sistemática persecución de los otros,
y su agenda se fue llenando
con los nombres de brujas malévolas,
de oscuros monstruos primitivos,
de lobos feroces, de fantasmas errantes,
de reinas vanidosas,
de cuanta fauna habita el mágico mundo
de los despreciados
de los malos de la película
del hijo que fue negado tres malditas veces
por su mil veces, maldito padre
del que tiene que morir para justificar
las virtudes del Correcaminos

Luego, cuando dominó la escritura,
escribió sobre su cabeza
el diálogo que el guionista le había negado:
- ¡¡yo no me rindo nicagando!! -

Y el día en que el coyote
organizó la revuelta
no estaba sólo,
un singular ejército lo acompañaba,
y fueron los golpes del yunque
los que le abrieron el camino
para su emancipación,
y entonces volvió a escribir sobre sus largas orejas:
- insisto… yo no me rindo nicagando –

Aún cuentan que el coyote
fue el último en ser borrado de la historieta,
que se resistió hasta el final,
pero que la furia de las deidades fue terrible
ante la insolencia de este emulo de Prometeo,
y antes de que lo borraran para siempre
alcanzó a decir algunas palabras,
pero eso…

es otra historia.

Colectivo Cultural Casa Rodante

¡¡Aguante rodante !!